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Todo el mundo ha visto el sambódromo por televisión. Muy pocos saben lo que ocurre las horas anteriores: los ensayos cerrados de una escuela de samba, la cena en casa de alguien que lleva cuarenta años preparando el desfile, el traslado que evita tres horas de tráfico porque alguien conocía otra ruta.
El Carnaval de Río no se organiza: se conoce. La diferencia entre asistir y pertenecer está en quién le abre la puerta, y a qué hora.
Los palcos que valen la pena se comprometen con meses de antelación. Lo mismo ocurre con las casas de Ipanema con vistas reales y con el personal que conoce la ciudad de verdad. Cuando alguien llama en enero, ya solo queda lo que sobra.
Por eso nuestro trabajo empieza medio año antes: no para llenar un itinerario, sino para que en febrero usted no tenga que pensar en nada.